Por: @Vlátido

 

Uno

Sostengo que todos somos lectores. Distintos, pero finalmente lectores. No me refiero exclusivamente a la capacidad de leer el alfabeto. Más de uno pensará: “las personas que no tuvieron la oportunidad de asistir a la escuela, o de alfabetizarse, no pueden ser lectores”.

Las situaciones de lectura, debemos advertir, son históricas. Las condiciones espaciales y temporales fijan tal acto. Siglos atrás, cuando la gente podía leer pocos libros, sus contenidos se diseminaban gracias a las lecturas públicas, colectivas, incluso a la tradición oral. De manera indirecta, es decir, sin acudir necesariamente al soporte que contiene el mensaje, leemos.

Las prácticas de lectura, y las situaciones en que éstas suceden, no son iguales. Si miramos estas prácticas y situaciones de lectura, entenderemos que ésta no ha sido un acto privado. Las tertulias, la bohemia constituyen prácticas donde las historias narradas en los textos, y otra información contenida en libros o cualquier otro dispositivo, son transmitidas a los demás.

 

Dos

Echamos mano de nuestras herramientas cognitivas, tratamos de encontrar las claves, descifrar el texto: leer. Tal parece que, cuando asumimos tal actitud frente al texto, casi siempre, universalizamos la lectura. El libro se reifica y adquiere la condición de universal. No creo que debamos atenernos solamente a la condición autorreferencial del libro y del texto, del continente y el contenido. La pregunta, si aludimos a la condición histórica, migraría de lo reificado hacia lo espiritualizado: ¿quiénes son los autores? ¿Quiénes son los editores? ¿Quiénes son los lectores? ¿Quiénes son los cuenteros? Idea en boga hace rato fue la muerte del autor. Se endiosó al texto como un artefacto autorreferencial, que se explicaba a sí mismo, por encima de su autor.

            La escritura de un texto y la hechura del libro, sin embargo, se estructuran a partir de los lectores imaginados, a veces, casos extraordinarios, del lector perfecto. Con ello atestiguamos la preocupación en torno a cuáles son los usos que tiene un texto y un libro. ¿Para qué sirven? ¿Qué uso hará el lector? Advertir quién es el otro, autor y lector, es suponer, también, el control de su recepción. ¿Qué tipo de lectura se impone?

 

Tres

Menocchio fue un molinero italiano del siglo XVI. Su historia es narrada en el relato historiográfico El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg. Viene a cuento porque Menocchio, a pesar de su condición y de la época, era lector. Tuvo acceso a varios libros que, desafortunadamente, le confundieron: comenzó a cuestionar entre sus similares los dogmas cristianos. De sus dichos, el título de su historia. Pensaba que el universo en formación era como un queso, y Dios y los ángeles los gusanos. El molinero murió a manos del Santo Oficio.

            Las confusiones de Menocchio tienen su origen en las lecturas de los libros que compraba o que le regalaban algunos curas u otras personas. El contenido de los libros se entrecruzó con el sedimento cultural de su lector. Las historias campesinas, cosmogonías, y las historias religiosas amasaron su propia lectura. Menocchio tergiversó una cosa y la otra: inventó su propio mundo.

            La realidad inventada por Menocchio no es otra cosa más que el entrecruzamiento del mundo del texto con el mundo del lector. El primero afecta al segundo, lo re-construye. Nos encontramos ante una realidad híbrida, hija de la relación de la historia y de la ficción.

 

Cuatro

La historia de Menocchio, además de señalar las intersecciones anteriores, supone una práctica de lectura que involucró no solamente al sujeto que se situó frente al libro, sino que ese mismo sujeto, Menocchio, situó a los demás frente al texto. Los convirtió en lectores.

            De este modo, la lectura se volvió un acto colectivo, una práctica que hasta la fecha sucede a través de los medios de comunicación, de las redes sociales virtuales y de otras formas de transmisión del texto escrito, con finalidades de recreación, evangelización o implicaciones políticas.