Agencias//Divergente.info.- Son tres las imágenes marianas que concentran el fervor católico de este municipio chiapaneco: las vírgenes de la Caridad, de Guadalupe y de La Merced. La primera de ellas, patrona y ‘generala’ de la antigua Ciudad Real, fue restaurada hace dos años por expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Se trató de un ejercicio participativo de responsabilidad compartida. La feligresía reunió fondos para los trabajos, en tanto que la Sección de Conservación del Centro INAH Chiapas elaboró el proyecto, brindó el material, la asesoría y participó en algunos procesos de atención.

El resultado fue del agrado de los devotos que, inmediatamente, en aquel octubre de 2018, las 10 juntas de festejos de la Virgen de La Merced y el párroco del templo homónimo iniciaron las gestiones para contratar a restauradores externos, supervisados por el INAH, y atender al más sagrado de sus bienes.

Así, el pasado 19 de septiembre, bajo medidas de sana distancia, los restauradores Francisco Jiménez Pérez, Rosa García Sauri y Haydeé Orea Magaña, del Centro INAH Chiapas, participaron en la ceremonia religiosa que, junto con el párroco Víctor Anguiano Hernández y los miembros de la Junta de Restauración del Templo de La Merced, Rodolfo Lamartine, Mercedes Montoya y Sara Montoya, se organizó para el regreso de la imagen a su ciprés.

 

Diálogo continuo con feligreses

El proceso de atención del bien patrimonial, comentó la restauradora y coordinadora del proyecto, María Rosa García Sauri, requirió de un continuo diálogo entre la feligresía y personal del Instituto; como paso inicial, se solicitó permiso para ver a la imagen en su ciprés y elaborar un primer diagnóstico.

Obtenida la anuencia, la comunidad llevó serenata y rezó a la Virgen para ofrecer sus respetos. Y es que, según la tradición oral, la imagen tenía, cuando menos, 80 años sin haber dejado su sitio, ni siquiera durante su fiesta patronal, cada 24 de septiembre.

Producto de esa primera inspección se organizó una reunión con más de cien vecinos del barrio de La Merced, para compartirles imágenes de los deterioros y anunciarles las acciones de atención que se requerían. “Esto fue de gran relevancia y sentimiento para ellos, ya que muchos nunca habían visto tan cerca a la Virgen”.

En la escultura de madera policromada, la cual data de finales del siglo XVI y mide 1.29 metros de alto por 49 centímetros de ancho y 34 cm de profundidad, se finalizó su reintegración cromática, acción con la cual se atendieron las grandes pérdidas de estratos pictóricos que daban a su rostro y manos una coloración gris-verdosa, la cual, a la distancia, daba la apariencia de una tez morena, aunque se trataba de un repinte.

Al abundar sobre tales afectaciones, la restauradora detalló que al realizarse tareas de estabilización en la espalda de la talla, se encontró una leyenda que alude a septiembre de 1746, mes en que la escultura fue consagrada, así como una firma parcial en la que se leen las letras “iegos”. Una hipótesis es que la obra pertenece a un pintor chiapaneco de apellido Mazariegos, activo durante el siglo XVIII y quien habría escrito la leyenda en conmemoración de tal evento.

 

Analizar la restauración necesaria

Rosa García detalló que en el anverso de la imagen existían orificios, a la altura del pecho, provocados por tachuelas que se colocaban para vestir a la Virgen, por lo que tuvieron que ser resanados.
La escultura estaba doblemente afectada: la talla de su velo fue eliminada para adaptarle una peluca y una corona; asimismo, se constató que le fue retirada la representación del niño que originalmente tuvo, y se le reemplazado con un Niño Dios de menor tamaño, elaborado hacia el siglo XVIII”.

Debido a lo anterior y dado que el tema del repinte histórico era el más complejo de abordar, antes de recuperar la policromía original de la Virgen y del niño, la cual pudo conocerse tras realizar pequeñas calas en las esculturas, se requirió de un trabajo de socialización con la comunidad y las juntas.

La restauradora, quien para el proyecto fue asistida por el técnico-restaurador Francisco Jiménez, comentó que el referido color gris-verdoso había dejado una apariencia texturizada en el rostro de la Virgen; efigie que durante la época virreinal era usualmente representada con tez blanca en rostro y manos, a la manera española.

 

Devolver estabilidad material

Para intervenir el repinte, los restauradores tuvieron que emprender un proceso de juicio crítico, en aras de elegir retirarlo para recuperar una apariencia más apegada a la original y devolverle su estabilidad material, o bien, dejar el color dado su arraigo en la memoria de la comunidad.

Para tomar la decisión se tuvieron diversas pláticas, especialmente con la gente mayor del barrio, quienes por décadas se han hecho cargo del cuidado de la imagen. En dichas reuniones se les comentaron los efectos negativos que producía el repinte, obteniendo al final su consentimiento para retirarlo.

Una vez de acuerdo, se aplicó un gel especialmente seleccionado para disolver el repinte sin dañar la pieza, dando paso al proceso de resane y, finalmente, a la reintegración cromática.

La especialista concluyó encomiando el compromiso creciente de los sancristobalenses en cuanto a la conservación de su patrimonio cultural e histórico.

“La gente colaboró mucho. Visitaban a la Virgen durante los trabajos –realizados en un espacio habilitado dentro del templo– y se involucraban en la experiencia de la conservación, lo que a nosotros nos permitió, por un breve tiempo, volvernos parte de una comunidad en la cual toda la gente te conoce y te cuida, ya que estás atendiendo a su ser más sagrado”.