Irving Niño.- Era una tarde veraniega de julio de 1999. El calor como siempre: amenazante; para las seis de la tarde, fulminante. Miércoles, jueves, qué más da, tampoco recuerdo, sólo se que como todos los días ya nos estábamos empinando las clásicas y cotidianas cervezas del día ¿quiénes? Los de siempre: elpinchequijotedemierda, dilomixus, Cuauhtémoc y quizá alguna dama que ya no recuerdo. Departamento 300 no sé, piso 3, edificio “escorpión”, colonia Rinconada del Sol. ¡Qué lugar!
Transcurrieron un par de horas y repentinamente dejó de escucharse la grabadora que reproducía una cinta de Janis Joplin. ¿Qué pasa? La cinta se averió. Angustia.. Alguno de mis acompañantes pulsó power a la TV Daltron, 13 pulgadas, a color…
– Paradóóónnn del broddddeeee cammmpeeessss – ¡A LA MADRE! México vs. Brasil por la copa confede-madres. – Disparejo a ver quien se va por las otras- perdí. Apresuradamente retorné con el prodigioso líquido y nos dispusimos a ver el encuentro.
Desconozco el motivo por el cual Brasil fue derrotado por la selección mexicana: por dinero, estaban drogados, les hizo mal las tortas de tamal ¿¿?? México ganó y todo el líquido etílico en mis venas me despertó euforia y adrenalina. ¡A festejar! Me dije en voz alta, con una cerveza en lo alto, por supuesto. Uno de los presentes propuso la fuente MACTUMATZÁ como centro de celebración.
Aceleré mi par de huaraches coletos hasta que arribamos al lugar entre estruendosos cláxones de automóviles y bullicios de tanta gente que se encaminaba al punto de celebración. Pululaban cientos de personas, banderas tricolores, litros, galones de alcohol. Algunos agitados se bañaban en las aguas de la fuente. ¡Era la locura!
Mientras reconocía a decenas de amigos el alcohol no dejaba de hacer sus incorruptibles funciones y en lo que saludaba a uno y a otro, que una copita, que otra… ya estaba electrizado.
Asimismo pasaban minutos y al rato, horas. Ya la gente era escasa (no más que mi sensatez) y el dinero también. Había motivo para celebrar, o no, quien sabe, yo suponía que sí.
Así fue que propuse la “prodigiosa” idea, a mis compañeros, de pedir la módica cantidad de cinco pesitos como impuesto a los automovilistas o nos veríamos en la necesidad de sacudir el automóvil aparatosamente… y de la nada ya éramos alrededor de 20 vándalos pero con el transcurso del tiempo, aumentaba la cantidad, en su mayoría chavos de la calle en todas sus presentaciones, aunque también estaban compañeros, amigos y el pinchequijotedemierda, dilomixus, Cuauhtemos… no, ellos tres ya no estaban a mi vista, en fin.
Como toda nueva empresa pasa por altibajos, nuestra asociación mueve carros también: algunos automovilistas apoyaban sin escatimar pero, habían unos que eufóricos, encabronados o apáticos, eran sacudidos bulliciosamente. Todo era un caos, ¡eso sí! Cualquier movimiento me era consultado antes de llevarse a cabo, simplemente me había convertido en dirigente, yo indicaba que autos pasaban y cuales no, nombré un tesorero quien llevaría el control del dinero, formé una comitiva de madreadores; la gente, ¡mi gente! Me miraba con admiración, un verdadero líder.
Así fue que logramos recolectar trescientos y tantos pesos que en ese entonces bien alcanzaba para un par de cartones de caguamas para seguir la celebración. Ordené se suspendieran labores y nos encaminamos hacia el cervecentro más próximo frente al deportivo “Caña Hueca”; obviamente, un servidor al frente.
Parecía estar todo bien cuando de repente… el aire se comenzó a contaminar de sirenas de patrullas (tal vez una docena o más) y todo alrededor se pintaba de luces rojiazules ¿qué transa? ¡La tira maestros, a correr! Arranqué mis caites a toda velocidad pero las patrullas las sentía cada vez más cerca. Me veía derrotado cuando en eso, a mi izquierda unos condominios resaltaron y sin pensarlo me abalancé a ellos. Me coloqué detrás de una cisterna de agua que afortunadamente era más grande que yo. Agachado, aun ebrio y temeroso permanecí allí, entre penumbras. Solamente alcanzaba a escuchar como detenían a “mi gente” y la subían a las patrullas no sin antes interrogarles sobre el paradero de un servidor. Así fue, las autoridades iban sobre mí.
No tenía otra escapatoria que permanecer ahí; no había de otra, hasta que pasó lo que tenía que pasar: ¡Me quedé jetón!………………………………………………¿Mientras, qué pasó? Al saber.
Tres, cuatro de la madrugada. Siento el sereno frío sobre la piel y un calor quemante por dentro, los pies descalzos sobre el pasto húmedo y… ¿descalzos? ¿y mis huaraches? Frente a mi el vigilante de los condominios despertándome completamente e interrogándome:

– ¿Quién eres tú?
– ¿De dónde vienes?
– ¿Qué haces aquí?
– ¿Por qué estás descalzo?

¡Maldita sea! La primera respuesta, según el catolicismo: soy una criatura racional. Segunda respuesta, según la teoría de Darwin: del mono. Tercer respuesta: mmmm, hasta hoy día no sé la verdadera razón de mi estancia en el globo terráqueo. Y, por último, cuarta respuesta… es precisamente la respuesta que más me ha quitado el sueño hasta la fecha.
Respondí haciendo la misma interrogante -¿Y mis huaraches? ¿De casualidad no los tomó usted, digo, accidentalmente?
-¿Qué, me estás diciendo ratero?, orita llamo a la patrulla vas a ver – contestó el indignado vigilante refunfuñando en su radio de bsanda civil.
No pos que voy a esperar a las visitas. Que agarro el morral, me levanto instantáneamente y que emprendo la huida con éxito. Obviamente ni un peso en el bolso y ni un taxista me quería subir sin calzado. Caminé dos kilómetros aproximadamente descalzo; las plantas de mis pies jurarían que fueron cien. ¡Vaya travesía!
A escasos meses (en realidad ya hace unos años) de que fuera derrumbada la fuente Mactumatzá, me pregunto, ¿Ahora dónde celebraremos los chiapanecos las victorias de nuestra selección de futbol?.
Aunque no estoy de acuerdo con muchos que no es su mejor momento pero, hay que ser optimistas, algún día volverá a ganar un buen partido, como el que ganó a Brasil, si, en la Copa Confederaciones, aunque ahora no festejaremos alborozadamente en la Fuente Mactumatzá.