En el lavadero, la mezclilla, la ciudad.

Carlos Sánchez, Sonora, México.- Exposición de vísceras y lesiones en el tórax quizá suene a menú de taquería arrabalera, de esas a las que uno asiste después del bailongo de madrugada, con el descontrol en el cuerpo y el cerebro, con la distorsión en la vista y los sentidos.

Exposición de vísceras y lesiones es más que sólo una línea perdida en la multitud de notas rojas publicadas un domingo cualquiera, la reiteración de la violencia en la ciudad.

Las vísceras y el tórax que la nota cita, son propiedad de Luis García Ceniceros, el Choki, quien luego de treintaitres años de recorrer calles, bulevares y avenidas, la fecha de su inmunidad hacia la violencia arribó a la caducidad.

En la auscultación de su cuerpo y ante las preguntas que los morros de su barrio le hicieron, el Choki alcanzó a comentar que se cayó del puente El Trébol, (el que divide al sur del norte), y que unos tipos desconocidos lo golpearon. La verdad después saldría a flote, que fue el Ché el que le rajó leña, por unas broncas de atrás tiempo que tenía.

La nota y los datos del Choki, me hace recordar que a él le gustaba traer los Converse limpios, impecables, decía que lo primero que las morras veían eran los zapatos y el pelo, por eso sus rizos también estaban impecables.

Una de las tardes de camarear en el lavadero, mientras el cepillo acariciaba el mezclillón, el camarada Choki me contó lo de su jefe, el por qué se descolgó desde el sur del país, donde nació, hasta acá a los Hermosillos. dijo que su jefe le contó que eran broncas mayores, broncas políticas de litigios de terrenos comunales.

El Choki se fue recio en aquella conversación, me dijo que su jefe llegó chambeando a la yarda, que atravesaba desde el Serna hasta llegar a la Reforma, donde todo era monte, para llegar al camello. Que su jefe le contaba cómo todos los viernes se venía desde su chamba a pie hasta el barrio, las Pilas, que está en el centro de la ciudad, porque las horas después de la jornada, todos los viernes, las empleaba en el refuego con las putas, en la zona, esa que yace detrás de la comandancia de policía zona norte.

Después de esa charla, al Choki se le metió en la cabeza la onda de conocer la zona, cuál, le decíamos todos, si ya la tumbaron, entonces fue que nos fuimos a recorrer las ruinas de los edificios de los congales: sólo letreros como vestigio encontramos, La burrita, el Armidas, el Lucila, el Ruletero, y varios rótulos más nos indicaron los nombres de los antros donde el jefe del Choki se deschongaba.

Que a decir de su jefe, comentaba el Choki, la ciudad lo trató de apoca madre, que acá encontró cobijo y gente noble, sin excluir, a huevo, la arbitrariedad policiaca de la cual fue presa tiro por viaje. Que los madrazos y el agandalle con la feria de la raya se la aventaron más de una vez los mulas, pero que también sus camaradas le brincaron a esquina y le tumbaron varias broncas de encima. Que esta ciudad, dice el Choki que dijo su jefe, lo adoptó sin pedirlo, que le abrió los brazos y le entregó todo el amor en un solo nombre: Virginia.

Urbe como factura

La exposición de vísceras y lesiones en el tórax, que cita la nota, me hace pensar que el Choki está a unos segundos de tocar la puerta a San Pedro, para pedirle quebrada al reposo absoluto. Y sin duda ha de colgar de una vez y para siempre los Converse, calzado característico de su época, sus ideales, su identificación directa con las bandas de rock, su amuleto de la suerte cuando de enganchar morritas se trataba. Al despojarse de los tenis el Choki ha de encender el motor de la memoria y desde allá ubicara la historia de sus treintaitres abriles recorriendo la ciudad.

Al encender de nuevo la memoria, en el umbral del portón del chante de San Pedro, el carnal se topará de inmediato con el bullicio del Mercado Municipal, los olores a reses en canal le habrán de traer a cuento las conversaciones y los días de quemar mota al lado del Chile, su camarada carnicero; al entrar de frente y toparse con las taquerías, sin duda podrá acariciar con sus narices la cabeza y barbacoa preparada en el mismo barrio que lo vio nacer, crecer y morir: La Matanza. Si yo nací en Las Pilas, se dirá, y rápido concluirá que la Matanza y las Pilas son una misma población, al igual que la Hacienda de la Flor.

Su memoria se ha de estacionar en el barrio de la Hacienda, y con más fiebre adolescente que con nostalgia del pasado, colocará su mano en la entrepierna para iniciar el ritual erectus en honor a todas y cada una de las chavas que durmieron en sus brazos.

Que en las Pilas fue donde dejó su vida, o más bien, donde le arrebataron la vida, dirá su jefa que hace rato se le adelantó en el camino. Será ella, doña Virginia Ceniceros, la que le ha de recordar todos y cada uno de los dolores de la familia, del barrio, de la gente, incluso le ha de traer a cuento con despecho, los últimos disparos de rifle ejecutados por el gobierno contra la humanidad de un par de presos, porque fue allí -desde lo alto del cielo le apuntará-, en la Matanza, donde se ejecutó la última pena de muerte en Hermosillo, en Sonora, en México: maldición de todos los males, añadirá mientras sus manos intentarán como un acto de magia desesperado, cerrar la raya en pleno vientre que el filo de una cuchilla le sacó al Choki las tripas, para meterle la muerte.

Sobre la marcha de la conversación en ese encuentro inevitable, los dedos de dona Virginia Ceniceros se enredaran en las hebras delgadas que nacen en el cráneo de su hijo, acariciará con sutileza entera el cabello del retoño, así como su memoria lo hará con los días de afanar en la jornada por aquello de seguir y seguirlos viviendo. El pasado será presente, en el instante del tacto de sus manos sobre el cabello, la existencia de su infancia volverá a la piola y los pinyexes, al trazo sobre la tierra dibujando la bebeleche, al golpe del bote sobre las piedras, al aventón de la pelota con todas sus fuerzas, la masa sobre el comal y el calor incitando a mover con agilidad las manos, al tallar de trapos en la orilla del río, ese río en el que ahora abunda la burocracia, dentro de la arquitectura elegante, de funcionarios, elegantes.

El intento de doña Virginia Ceniceros por lograr la magia que cure a su hijo, será infructuoso, no obstante el deseo de saber cómo están los que se quedaron, que también son sus hijos, sus parientes, prenderá la emoción del diálogo, y en ese mutis que exige como agresión al internarse sobre la muerte, el Choki ha de ceder que el pensamiento de su madre, continúe en el recuerdo que se agolpa. Llegará a doña Virginia el olor a tierra mojada de cuando en la falda del cerro de la Campana (símbolo de la ciudad, del Hermosillo de siempre), sus ojos se desprendían de tanto observar los días como años en ese proceso de cultivar la familia. Llegarán los recuerdos a borbotones, y verá con ímpetu a cada uno de los hermanos, amigos, parientes que con sus manos echando de martillazos sobre la madera, clavaron los cartones suficientes para cobijar del frío y el calor los cuerpos de sus hijos. En su memoria tendrá para siempre doña Virginia, los años de resistencia por sobrevivir en la ciudad, esa ciudad que discretamente le fue arrebatando a ella la vida, y ahora la de sus hijos, que a manera de consuelo, deduce, se los devuelve, porque la urbe factura lo que alguna vez nos dio.

 

*Texto publicado originalmente en la revista La Jeringa.-