Franco Félix; Hermosillo, Sonora.- Anoche recordé a Bukowski: accidentalmente encendí el televisor, y accidentalmente puse un video que alguien, accidentalmente —supongo—, rentó en un Sex shop. La escena es muy común, un par de mujeres mordiendo sus pezones y acariciando sus sexos. No sé ustedes, pero yo estoy acostumbrado a este tipo de eventos de la naturaleza humana (sí, a veces, y muy accidentalmente, me topo con películas de este tipo en la televisión). El cariño que se tenían era muy grande, no dejaban de abrazarse y meterse la lengua en sus cavidades que ahora me avergüenza nombrar. Quisiera describir con gran detalle sus tacones y las medias de red que portaban, pero ahora no quiero abundar en las herederas de la isla de Lesbos, sino en los pensamientos que vinieron a mí cuando una de las chicas muy groseramente introdujo en el recto de su compañera un aparato de plástico de aspecto terrible. A continuación enumeraré cada una de mis ideas de la manera más ordenada posible, puesto que no es fácil masturbarse (porque fue inevitable pensar en Bukowski y en esos bellos culos al mismo tiempo) y pensar con claridad:

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El consolador colosal con el que estas incansables muchachitas jugaban estaba entrando y saliendo por sus traseros, me hizo pensar en las refinadas fragancias que los cuerpos estarían desprendiendo. La primera imagen que vino a mi memoria fue una escena de “Escritos de un viejo indecente” novela de Charles Bukowski publicada por Anagrama, en la que Charles, el personaje autobiográfico y principal del relato, entra a una habitación y sucede lo siguiente:

me levanté, corrí la cortina, me metí allí. estaba muy oscuro dentro pero olía a yerba. y a culo. me quedé quieto hasta que mis ojos se acostumbraron a la os­curidad. había sobre todo tíos. lamiendo culos, exprimiendo. chu­pando. no era para mí. soy un carca. aquello era como el gimnasio de hombres después de que todos han pasado por las paralelas. el ácido olor a semen.

Foto: Especial/Divergente.info

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Aunque la acción en la obra de Bukowski está entre hombres, había un fuerte olor a culo que sin duda se repetía en la escena pornográfica que yo, accidentalmente, insisto, estaba mirando. Tuve que esperar a que llegara un tipo con máscara negra en el video para que eyaculara sobre sus rostros, lo cual no demoró mucho, pues llegó un panzón para darle ese típico y literario ácido olor a semen a la película.

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El cine pornográfico es una disciplina, una composición artística que envuelve uno de los mejor vicios humanos, el sexo como un deporte, sin compromisos, sin complicaciones conyugales ni contratos de ningún tipo. Esta ciencia de cópula no necesita de una promoción pues ante la mirada de los buenos ciudadanos, la pornografía es un tabú, un misterio, algo prohibido, y es gracias a esto que la industria del celuloide genital ha ganado terreno sin una participación de las autoridades. Ligado a esto están muchos géneros literarios que en su lenguaje y en sus contenidos promueven un estilo que el Canon (con mayúscula para no recibir quejas) ha ido restringiendo y llevado a los extremos. Es la explosión de tópicos como la misoginia, la tortura, lo visceral y lo extremadamente narrativo en cuestiones sexuales lo que ha generado una marginación de distintos niveles. Por un lado, la misma sociedad, el valor moral caduco que se impone a través de la familia, ese instituto de castración. Por el otro, son las mismas instituciones dedicadas a la literatura que han dejado de lado en los planes de estudio de las licenciaturas a autores como Charles Bukowski.

3

Bukowski envenena, si tomas uno de sus libros tendrás que terminarlo, ya sea por el mero morbo o porque de verdad estás interesado en la apertura de los distintos géneros en la literatura. Las escuelas y las autoridades literarias han negado a Bukowski porque más allá de su discurso y sus contenidos irreverentes es Bukowski quien ha encarado una guerra contra todo lo institucional —aplaudo y me bajo la cremallera ante esta iniciativa de muchos, sí, quizá me estoy masturbando—. Es él quien nos invita a mandar al carajo a muchos autores:

para aprender no leas a Carlos Marx. es una mierda ya muy seca. aprende, por favor, el espíritu. Marx es sólo tanques cruzando Praga. no te dejes cazar así, por favor. en primer lugar, lee a Céline. el mejor escritor en dos mil años. incluye, por supuesto, EL EXTRANJERO de Camus. CRIMEN Y CASTIGO. LOS HERMANOS. Kafka entero. todas las obras del escritor desconocido John Fante. los cuentos cortos de Turgeniev. evita a Faulkner, Shakespeare y sobre todo a George Bernard Shaw, la fantasía más pomposa de todos los TIEMPOS, una anténtica mierda con conexiones políticas y literarias de lo más increíble. el único más joven que se me ocurre con carretera pavimentada delante y beso en el culo si hace falta fue Hemingway, pero la diferencia entre Hemingway y Shaw es que Hem escribió algunas cosas buenas al principio y Shaw escribió siempre mierda.

Foto: Especial/Divergente.info

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Por esto mismo, porque él se niega a comer mierda de las autoridades, el poeta antibalas es un autor poco estudiado en las escuelas universitarias. La Institución está enamorada de Shakespeare y este tipo de sentencias que hace en “Escritos de un viejo indecente” desafían directamente el aparato literario. Porque es él quien nos dice que tomemos cerveza, mucha cerveza, que cojamos con muchas mujeres, que apostemos, que no nos tomemos la vida tan seria y formalmente. Esto se puede leer en un poema de su autoría titulado: Cómo ser un gran escritor. Bukowski abre su boca, saca su lengua bífida y azota una mordida sin resentimiento a ese sistema literario tan tipificado y, pero por supuesto, mitificado. Él es la serpiente que dio la manzana a la ignorante hembra de un sexo frágil, nuevo y milenario, un sexo jugoso y calientito que se ha de tragar después de la fruta.

4

He terminado. La película también ha terminado. No pienso tomar ningún otro libro que no sea preciso con el clímax. Las mujeres deben estar tomando un cafecito, fumando un cigarrillo o teniendo relaciones sexuales con un toque de pasión y amor. Quizá estén siendo penetradas por un miembro genuino, un pene menos gigantesco pero real, tal vez no son lesbianas, quizá son más heterosexuales que yo. Quizá Bukowski también pensó en esto, quizá no, pudo haber imaginado un par de personajes menos triviales, más parecidos a nosotros, menos falsos. Bukowski construye su mundo posible emulando las mismas características que el nuestro. Las mujeres que antes gozaban con el instrumento fálico ahora, tal vez, sólo tal vez, están bebiendo té o dando clases de Ética en una escuela secundaria con una falda muy larga que esconde los moretes de su otro trabajo.

He abierto un libro, la mancha de semen en la página treinta y dos ha sido totalmente inevitable, odio lavarme las manos inmediatamente después de haber eyaculado. El título del libro es “Diez relatos eróticos” publicado por Mondadori, después de que haya terminado el texto, será preciso que presione nuevamente el botón de play para generar un nuevo y mejor análisis a la obra de Henry Hank Chinaski, el alter ego de nuestro poeta preferido por las noches.

*Texto publicado originalmente en revista La Jeringa, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.