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La exposición Melquiades Herrera. Reportaje plástico de un teorema cultural tiene una advertencia implícita: lo que se mira en vitrinas o suspendido del techo puede ser chatarra, arte popular, documento histórico u obra de arte; depende de los ojos de quien lo mire. El aviso no está escrito, pero se entiende al momento de saber que las piezas pertenecieron al acervo personal del artista (Ciudad de México, 1949-2003), pionero del performance y apasionado de los objetos de consumo como testimonios de una sociedad.

Son peines en distintos colores y tamaños, lentes de plástico, chicles aún en su envoltura, botellas del refresco de cola, juguetes de madera, utensilios de cocina, encendedores, estampas, fotografías, recortes de prensa, y un sin fin de objetos que Herrera reunió entre 1979 y 2003 como testigos de su práctica artística que involucró el estudio de la cultura material, la escritura crítica y una pedagogía experimental.

“Me niego a pensar que los objetos en particular son obras, la mayoría son cosas cotidianas; hay algunos firmados y podríamos decir que es obra, sin embargo, el grueso de las piezas son parte de un gran proyecto artístico y su importancia está en su conjunto, aislados no tienen sentido, pero en suma sí podemos pensarlos como testigos históricos de una época”, refiere Roselín Rodríguez, integrante del colectivo Los Yacuzis. Grupo de Estudios Sub-Críticos, que hizo la curaduría de la exposición que se inaugurará en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC).

 

La revisión del acervo de Herrera corresponde al proyecto de catalogación que inició en 2015 cuando las maletas llenas de objetos llegaron al Centro de Documentación Arkheia del MUAC. Rodríguez detalla que del total del material, se tiene un 60 por ciento catalogado, del cual se seleccionaron 750 piezas para la exposición que se complementa con el Acervo Melquiades Herrera de la Antigua Academia de San Carlos, cápsulas del programa Moneros y monitos de TV UNAM, la película Vendedores ambulantes dirigida por Jorge Prior y algunas fotografías de la serie Las fases de Melquiades, de Javier Hinojosa.

Más allá de remitir a obras de arte específicas, los objetos construyen un relato del proyecto plástico de Herrera. Rodríguez señala que se pueden identificar algunas obsesiones teóricas y estéticas, su relación con el ready made de Marcel Duchamp, su interés por la óptica, la geometría y, sobre todo, la constante provocación que hizo a la “alta cultura” desde lo popular. Una crítica asidua a las clases sociales dentro del arte y el tejido social a partir del consumismo.

“Es una colección heterogénea y no podemos asegurar que sólo son accesorios de personas o utilizados en clases o para sus performances porque cuentan una especie de historia del arte desde la cultura popular, vemos una Mona Lisa en un monedero de plástico, un Pensador de Rodin en un rompecabezas hecho en China y así plantea cómo la clase baja y trabajadora del Distrito Federal de los años 90 consumía la historia del arte academicista a través de estas mercancías”, afirma rodríguez del miembro del No-Grupo (1977-1983) junto a Maris Bustamante, Rubén Valencia y Alfredo Núñez.

Por lo que el acto de coleccionar en Herrera se lee como una práctica consciente-habitual. Un ejercicio diario durante el camino de su casa, en Ciudad Azteca, a la Universidad. Y si en una primera mirada el acervo pareciera no tener coherencia, la curadora señala que el artista tuvo criterios específicos para seleccionar objetos por sus cualidades estéticas, por sus funciones, su apariencia y esa capacidad dual entre lo estético y lo cotidiano. No era extraño, recuerda, encontrarlo con una bolsa en mano o su maleta cuadrada en algún pasillo de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM o en la Escuela de Diseño del INBA donde dio clases.

El arte como acto de experimentación constante

Nunca se sabía si Herrera estaba haciendo una broma, o contando una simple historia o realizando un performance, porque para él el arte era un acto de experimentación constante, una exploración de medios y materiales. “No es un artista que trabaja para el mercado, sino que va a la ciudad, recoge información y materiales y elabora un reportaje visual de esa época y sí pensando en un público amplio. Experimenta el campo de lo social y lo público, y la plasticidad del pensamiento, del arte”, acota Rodríguez sobre el creador que expuso una vez en el Museo de Arte Moderno con el No-Grupo.

En la línea experimental, la exposición teje una enredadera de conexiones entre los objetos. Se articulan así seis núcleos: Prodigios ópticos, Surrealismo de circunstancia, Operación Coca-Cola, Círculo de conocedores de Marcel Duchamp, El cuchillo de Fantomas y Laboratorio de experimentación plástica. Ejes temáticos que refieren a la relación de Herrera con las ciencias; también su postura sobre la educación artística, y su apropiación de la historia del arte local e internacional.

 

Destaca la revisión que se hace sobre la distancia del artista mexicano con Marcel Duchamp. En un texto Herrera dejó claro que él no hacía ready made, y sus objetos estaban muy lejanos a las intervenciones que hacía el francés; e incluso con un humor ácido refiere al trabajo de su colega desde un terreno popular. “No estaba a la sombra de Duchamp, tal vez si queremos inscribirlo en la historia del arte, que sí valdría la pena, hay que ver que otras raíces en su obra, como el pop art, y ese sería un pendiente”.

Lo mismo llama la atención el concepto El cuchillo de Fantomas que refiere a objetos con doble filo: artístico-estético y simbólico-uso práctico. Así se entiende cómo Herrera concibe sus piezas como dispositivos de cultura material para convertirse en un provocador del arte popular y académico. Rodríguez señala que el acervo reactiva esa discusión sobre el pensamiento materialista del marxismo.

 

Melquiades Herrera. Reportaje plástico de un teorema cultural se inaugura el sábado 3 de marzo, a las 12:30 horas, en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (Insurgentes sur 3000) en la Ciudad de México.