Barcelona. (Liliana Moreno|Divergente.info).- Barcelona, una de las grandes e importantes ciudades españolas, guarda en cada rincón grandes secretos de la historia de la civilización ibérica. Más allá de la ciudad de primer mundo y el interés turístico por el que se le conoce (a partir de las olimpiadas del 92), la ciudad condal como se le conoce, además de haber sido parte del reino de Aragón, y ahora la comunidad autónoma de Cataluña, alberga historias de guerra y conquista, guiando ahora a una futura independencia de España.
Sin embargo antes de meterme en cuestiones políticas, prefiero adentrarme un poco en uno de los recorridos turísticos de los poco convencionales.
Primero, hacer una breve referencia histórica de la ciudad. Se sabe que había una ciudad ibérica original, de la tribu de los layetanos. Posteriormente fue conquistada por Cneo Cornelio Escipión Calvo, y más adelante fue convertida en una colonia romana, puesta bajo la protección de Cayo Julio César y de Octavio Augusto, que recibió el nombre de Colonia Iulia Augusta Paterna Faventia Barcino. El nombre evolucionó durante la Edad Media, cuando se conoció la ciudad con los nombres de Barchinona, Barcalona, Barchelona, y Barchenona.
Una de las leyendas sobre el origen de Barcelona alude a una hipotética fundación por el general cartaginés Amílcar Barca tras conquistar el enclave ibérico después de su desembarco en Iberia, mientras que otra versión se le atribuye a su hijo Aníbal, que ocupó el territorio durante la Segunda Guerra Púnica en su avance a los Pirineos.
También existe una leyenda que da una explicación mitológica al nombre de la ciudad. Según esta leyenda, Hércules se unió a los argonautas tras acabar con su cuarto trabajo para ayudarles a buscar el Vellocino de Oro, pero al pasar cerca de la actual costa catalana una tormenta dispersó las embarcaciones que formaban la expedición, y al terminar faltaba la novena. Hércules la buscó y finalmente encontró los restos del naufragio de la Barca Nona (la novena embarcación) al lado del actual Montjuic. Los tripulantes habían encontrado tan acogedor el paraje que, ayudados por Hermes (dios del comercio y las artes) decidieron fundar una ciudad a la que dieron el nombre de Barcanona.
Uno de los puntos más importantes dentro de la ciudad, es una zona montañosa a las orillas del mar mediterráneo, “Montjuïc” punto estratégico dentro de la historia de la ciudad que actualmente alberga un castillo que fue usado desde fortaleza contra las fuerzas borbónicas, y posteriormente en cárcel y lugar de fusilamiento durante el franquismo, al lado contrario del castillo se ubica el Palacio Nacional de Arte Catalunya, construido para la exposición universal de 1829, posteriormente en Montjuic se construyó un parque de atracciones que actualmente ha desparecido, así como como lo que se conoce ahora como la anilla olimpica que se compone del estadio olímpico y las piscinas olímpicas.
El espacio que tal vez suene menos atractivo viene casi a partir del significado de Montjuïc. La atribución tradicional de la etimología de Montjuich es la de “Monte de los judíos”, supuestamente del catalán medieval, motivada por la existencia, confirmada por los documentos y la arqueología, de un cementerio judío en la montaña.
Con fecha 15 de marzo de 2007, la Dirección General de Patrimonio de la Generalidad de Cataluña, de conformidad a la Ley del Patrimonio Cultural Catalán (Ley 9/1993, de 30 de septiembre), declaró una zona de Montjuic Bien Cultural de Interés Nacional (BCIN), por la existencia del cementerio judío medieval de Barcelona, considerado el más grande de Europa de su época.
El cementerio judío de Montjuic se localiza en un pequeño campo ubicado en la vertiente nororiental de la montaña de Montjuich, a unos 100 m sobre el nivel del mar, desde donde se dominaba toda la ciudad medieval de Barcelona, en cuyo interior se ubicaba la judería. Las primeras noticias escritas que existen sobre la necrópolis judía de Barcelona, datan del siglo XI (1091), cuando el conde Ramón Berenguer restituyó unas viñas en la Canonja de la Santa Creu y Santa Eulalia de Barcelona, localizadas en Montjuich (Monte judaico) y que limitaban al este por unas antiguas sepulturas judías (veteres iudorum sepulturas). Esta necrópolis perduró hasta el fin de la judería en el año 1391, momento en el que sufre su devastación y el saqueo de las lápidas funerarias.
Necrópolis, dormitorio, campo sagrado, jardín de la paz, tierra de enterramiento, son algunos de los nombres que con las diferentes lenguas definen los espacios reservados para las inhumaciones de los que fueron habitantes de un lugar determinado. Como las prisiones y los hospitales mentales, los cementerios históricamente han provocado un sentimiento de rechazo entre la sociedad que los hicieron nacer. Ver tumbas nos recuerda el destino inevitable que todos tarde o temprano deberemos afrontar. Quizá por ello la gente evita los cementerios. Pero en un jardín monumental y paisajístico como el de Montjuïc, los valores de interés se sobreponen a los sentimientos de pavor que produce un recinto de estas características.
Inaugurado el año 1883 la nueva necrópolis fue la consecuencia del crecimiento demográfico de la Barcelona industrial. El nuevo cementerio fue una segunda embestida al movimiento higienista y secularizador que propició la externalización urbanas de los cementerios y la municipalización de los mismos. De la misma manera que en el urbanismo ancho y octogonal del momento, la nueva sociedad rehacía sus nuevas instituciones inspirándose en las costumbres de la civilización romana.
Un paseo por el cementerio de Montjuïc es una manera de aproximarse a un tiempo y sobe todo a una clase social. El hacerse un hermoso y notorio panteón formaba parte de los gustos y las exigencias sociales de la clase alta del momento. Gracias a ello tenemos hoy un gran museo al aire libre, en el que adentrarnos igualmente a la percepción y tratamiento social de la muerte de hace 100 años.
Por todas partes nos envuelven los cipreses, el árbol fundamental en cualquier cementerio, por su carga simbólica que aporta su espigada y majestuosa planta, de un verde grave imperturbable. El ciprés da una nota de rigor. Ya en la antigüedad la rama de ciprés era símbolo de duelo al depositarlo dentro de las casas. El verde, dice Celestino Barallat en su “Tratado de Botánica Funeraria” es el emblema de la regeneración primaveral y por ello simboliza la inmortalidad del alma. Buscando que la vista se relaje y no se excite el verde debe de predominar sobre los colores de las flores. Las muchas connotaciones que ofrecen las fragancias, formas y combinaciones florales han de trasmitir calma, recuerdo, paz, humildad, amor, fuerza, metamorfosis. Como regla general la especie escogida ha de ser de hoja perenne, como diciendo que la muerte solo es un tránsito y nada finaliza. De la misma manera se tiene que evitar cualquier tipo de exuberancia frutal. El mismo Celestino recomienda cortar los depósitos de frutos que generen algunas palmeras en verano. También se ha de alejar de las especies que resulten agresivas a los ojos, como son los cactus en general. La muerte no tiene que hacer ningún medio, lejos de ser un mal es una liberación.*
De mis lugares favoritos de paz y tranquilidad están los cementerios, fuera del estereotipo de tristezas y llantos, es aquí donde la opulencia de los monumentos disfraza la podredumbre que guardan. Asimismo las personas.
La muerte es el inicio de todo.
Dentro las particularidades de mis rarezas el silencio y la paz que se vive recorriendo un cementerio va más allá del lugar de dolor y ausencia que muchos concebimos de visitar un sitio lleno de desolación , de lágrimas, luto, tristeza etc., sin embargo se aprecia la delicadeza y la ostentación de las esculturas que adornan los recintos de quienes han partido ya hacia el más allá, por  un camino que casi se asemeja a un viacrucis pues desde que el bus se acerca a este lado oscuro de Montjuic ves lo enorme que es, desde las faldas de la montaña hasta bastante más arriba se encuentran en su mayoría asemejan los bloques de edificios donde los mortales vivimos encajonados; una vez en la entrada empieza la caminata sin rumbo subiendo poco a poco inundándose entre el mar de figuras angelicales, de alas rotas, de rostros ennegrecidos por  el paso del tiempo donde ricos y pobres están abandonados, algunas tumbas tiene alguna flor, pero en la mayoría solo polvo.
La belleza del dolor, entre estatuas de mármol que se erigen algunos rostros conocidos para la socialite catalana, entre vestigios de algunos desconocidos que no tienen ni un pensamiento en la mente de su familia, si es que aún sobreviven. El sol calienta y el zumbido de los insectos te hace sentir como en una jungla solo cuando miras al mar regresas al mundo de los vivos.
Uno se pregunta que hay más allá de la muerte, más allá del esplendor y la opulencia de ciertos monumentos aquí donde nadie de los residentes y muchos menos el difunto homenajeado, se ha dado por enterado de cómo es su última residencia.
Lo unico que hay son unos mortales caminando sobre nuestras tumbas…

*Guía gratuita de Montjuïc es un trabajo de Miquel Angel Diez Besora, originalmente escrita en catalán. Traducción de Marina Giverny