Gabriel Velázquez//Divergente.info.- Amigo Pontxo, hablemos de tener suerte. Allá por el Jaime Sabines (el Centro cultural) hay un mercado (5 de Mayo) donde venden un pozol bien sabroso, pero también, por increíble que parezca, libros. Sí, adentro del mercado hay un puesto, un pasillo después del pozol, al fondo.

El lugar está lleno de revistas y libros arruinados, lo mismo hay best seller que otros tipos de basura. Pero es inevitable sumergirse en los montones de papeles, y a veces se encuentra uno algo bueno. Pues en la pila de veinte pesos tenían esta genialidad, que estuve a punto de perder porque el vendedor no tenía cambio.

Un loco, con un arma y una idea

La historia de Taxi Driver fue inmortalizada por el gran De Niro en la película del mismo nombre y dirigida por Scorsese; pero eso no es lo importante, porque lo que en realidad vale la pena es la anécdota, que llama la atención sobre el hecho de que en una ciudad de millones de habitantes, en cualquier momento y lugar, puede haber un pinche loco con un arma y una idea. Para nuestra buena fortuna, no tenemos veteranos de guerra sueltos en las calles listos para mostrarnos sus traumas.

En este libro hay un final feliz, pues por una casualidad, el deseo de venganza del protagonista lo lleva a enfrentarse a unos proxenetas pirados y rescatar a una damisela en peligro. Elman tiene el atino de explorar la psique de un veterano de Vietnam, quien en su crisis atribuye a un político la fuente de sus problemas, aunque el detonador es una mujer que le atrae.

La verdad, más de una vez he sentido el impulso de dañar a uno de esos imbéciles que gustan de prostituir la retórica buscando votos, como el que detona la locura del protagonista, a quien por cierto, después de pelear en la guerra, la sociedad le recompensa con la oportunidad de manejar un taxi y matar con ello cualquier otra aspiración futura. Pero a falta de ese coraje suicida, la lectura de este libro es un buen paliativo.