Gabriel Velázquez//Divergente.info.-  Amigo Pontxo, uno de los escritores que me han causado una especie de fanatismo, es Faulkner. La novela “Santuario” es una pieza genial, con un tema incómodo, que obligó a su autor a reescribirla tras ser rechazada por su editor, porque sus escenas eran demasiado fuertes para la sociedad moralina norteamericana (no olvidemos que por muchos años tuvieron una estúpida ley seca, que generó obras geniales como ‘El gran Gatsby’).

Aquí se hila de una forma compleja las escenas, los personajes son de la peor ralea y actúan según sus escasos valores, con giros extraordinarios que provienen de la manifestación de los rasgos que se les inculcan, con un oportuno cambio de rumbo justo cuando estás a punto de adivinar cómo continuará la escena siguiente, ahí está una de las cualidades de Faulkner.

La historia trágica de Temple, la universitaria liberal hija de un juez, que termina como víctima de la banda de Popeye, un impotente traficante de alcohol, conduce a un enredo de pasiones que mueve los hilos de la obra.

A esto sumamos la acusación de homicidio que pesa sobre un inocente, de la que el mediocre abogado Benbow hace una pésima defensa y a quien sólo Temple puede salvar. Pero no lo hace, por el contrario, sus palabras originan un apoteósico linchamiento del pueblo protestante en donde se lleva acabo el juicio, quienes no toleran al delincuente porque es un inmoral traficante de alcohol a quien hay que extirpar, purificando sus pecados con el fuego, mientras Temple se pasea en los jardines de Luxemburgo, del brazo de su padre, a salvo del honor.

Una historia fuerte, en ocasiones pesada, pero que, como buena parte de la obra de Faulkner, es necesario leer con atención para poder disfrutar el cierre maestro de sus obras.