Vladimir González Roblero//Divergente.info

Uno

En una entrevista concedida al diario español El País en 2001 (leer aquí: https://bit.ly/2LlBRkD), y en otras ocasiones, George Steiner dice sobre la crítica:

“Lo que nunca podemos hacer es confundir el genio del creador con el trabajo del crítico. Pushkin dijo de sus traductores que eran los carteros. Por supuesto que es un trabajo estupendo, pero él los llamó así. Mi batalla es contra los posestructuralistas que han mezclado la importancia de la creación con el comentario literario. El libro viene antes. El señor Cervantes, el señor Lorca y el señor Shakespeare no necesitan al señor Steiner, pero el señor Steiner los necesita a ellos”.

Steiner recupera lo que siempre ha dicho sobre el crítico de arte, específicamente el literario: su trabajo está después y al margen de la obra, y no necesariamente es en sí mismo una obra de arte. En otro lado (aquí: https://bit.ly/2rGFCbF) también dice que solamente gracias al estilo, a una preocupación estética, la crítica puede convertirse en literatura. Hallamos entonces una frontera entre el periodismo y la literatura.

Dos

En una de esas orillas y postrimerías se ubica este comentario decimonónico de Emeterio Pineda en torno al arte en Chiapas:

“Las bellas (artes) están muy distante de nosotros; y como los que se dedican a cultivarlas viven y mueren muy pobres, sin obtener la más mínima distinción por su mérito, así es que la poesía y la elocuencia tienen aquí muy pocos alicientes”.

No es que Pineda, ipso facto, sea un crítico de arte. Más bien fue uno de los primeros geógrafos chiapanecos. El comentario apareció publicado en su libro de 1845 Descripción geográfica del Departamento de Chiapas y el Soconusco (libro completo aquí: https://bit.ly/2UPE3oV). Le sucede una brevísima descripción crítica de las artes en Chiapas hacia la primera mitad del siglo XIX. En ella califica la medianía de la pintura y la acústica, la inferioridad de la escultura respecto a la prehispánica, la grandeza de la arquitectura antigua, no la contemporánea, y la ausencia, aunque haya “algunos aficionados”, del “precioso arte de la relojería”.

Tres

La obra de arte también recupera lo que se teje al margen, o que no es propio de la obra. Ello implica algunas rarezas, incrustaciones que, a primera vista, parecieran fuera de lugar.

         En la serie Narcos de Netflix, la secuencia que muestra cuando Pablo Escobar Gaviria manda a la mierda su clandestinidad, está musicalizada por una vieja rola de El Tri, “Otro pecado” (mira: https://bit.ly/2QYw0Hh). Cada una de estas obras, la serie y la música, tienen sus propios centros y márgenes. Hechuras y críticas. Una se sirve de la otra, tejidas en lugares distintos y distantes.

  La banda sonora de la serie es diversa, como lo es su creador: Pedro Bromfman. “Siempre he sido un músico muy ecléctico y necesito alimentar mi deseo de reinventarme e intentar crear música diferente para cada proyecto”, ha declarado al respecto (lee: https://bit.ly/2Gqd1Bs).

En Narcos la música no impone el ritmo colombiano, el vallenato y las cumbias, e incorpora sonidos latinoamericanos con toques de jazz y de rock, aunque éste parezca ajeno. Pero esta extranjería es una ilusión. La letra de la canción de El Tri, y el rock, acentúan el acto de valemadrismo en la escena.

Cuatro

Un debate viejo y vigente en las artes y humanidades está en la transdisciplinariedad. Tejer implica halar de los márgenes y también construir en las orillas. Con esto quiero decir que la creación y la investigación no implican ser el centro.

No hay novedad sino actos recursivos. En un principio, dirán quienes se preocupan por el origen, los lugares de producción y enunciación fueron los mismos. El conocimiento, las artes, la filosofía, incluso la ciencia, nacieron juntos en las iglesias, talleres, academias. Se servían unas de otras. La Modernidad los separó como proyecto, pero soterradamente siguieron mirándose, conviviendo a escondidas.

La frontera define a lo distinto. Las disciplinas se extinguen y el conocimiento se construye desde sus márgenes, tira hacia afuera. La externalidad recuerda la diversidad, a pesar de las miradas y prácticas de domesticación que, atadas al pasado, suponen formaciones profesionales cosificadas en sus centros. Añoran la pureza del ser antropólogos, historiadores, artistas o gestores culturales.

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