“Unable to percibe the shape of you, I find you all around me.
Your presence fills my eyes with your love,
it humbles my heart, for you are everywhere”.

Por Ana Castro//Divergente.info.- ¿Qué pasa cuando decides unir romanticismo, fantasía y a Del Toro en una sola pieza? Genialidad. Sí bien La Forma del Agua (The Shape of Water) no es la película más emblemática del mexicano, es quizá por mucho, su obra más personal y cursi que haya realizado.

Ambientada en los años sesenta, en el pleno apogeo de la Guerra Fría, Del Toro esta vez quiso hacer hincapié en las minorías, aquellos relegados que se sienten solos por el simple hecho de no encajar. Pero más allá de enfatizar en las minorías, Del Toro logra adentrar al espectador en un mundo lleno de fantasía y mucho amor.

La forma del agua es una mezcla extraña entre Amélie, Cronos, El Laberinto del Fauno, y por qué no, un breve momento La La Landezco. No es más que una meticulosa fábula sobre los riesgos que tomamos por el amor que anhelamos. Un discurso visualmente exquisito sobre la soledad, el sentido de pertenencia y el amor.

Una chica de la limpieza muda, un pintor gay, una especie subacuática mítica, una mejor amiga de color y el clásico pervertido malo de la historia, desencadenarán en el espectador de La Forma del Agua una mezcla extraña de emociones.

Con una serie de encuadres románticos y una fotografía impecable (Dan Laustsen), aunados a los sonidos convertidos en majestuosidad por Alexandre Desplat, Del Toro tiene la dosis necesaria de misticismo y delicadeza que vuelve a su más reciente film en cine, cine puro y real.

Es de resaltar la actuación impecable de Sally Hawkins (Elisa), que parece no costarle trabajo alguno realizar movimientos tan estilizados y lentos a la hora de ocupar el lenguaje de señas y al expresar tan a detalle al espectador, lo que Elisa está sintiendo.  Pero en definitiva me quedaría con Richard Jenkis y su perfecta interpretación de Giles; el vivo retrato de lo que la soledad, el paso de los años y la no aceptación del amor entre entes del mismo sexo hace con las personas.

Del Toro nos regaló una criatura que resultó ser menos monstruosa y más humana que muchos de los humanos que habitan este mundo, creó un universo lleno de complicidad que terminó por mostrarnos aquello que ya alguna vez dijo Jung, cuando nos hablaba de la sincronicidad y de que nada está vinculado por casualidad, siendo así una especie de momento mágico lo que dio paso al encuentro entre dos seres capaces de verse más allá de la soledad.

En resumen, una historia de amor que si tienes el corazón roto te hará llorar, pero si no tienes algo mejor que hacer, te regalará poco más de 120 minutos de ingenio y creatividad magistral.