Ya es viernes y me preparo, dos a las cuatro, tiro la brújula y que pena, no apunta hacia mi casa, ¿a dónde pues?, a la ruta amarga, una caguama (pa’ empezar) me espera y una botana de carraca con bastante chile blanco y lueog, todo, todos pasan al olvido, me concentro, me preparo, todo un ritual, ¿para qué?, pues para escuchar y ser esecuchado, porque después de todo, eso, eso es lo importante.

Un psicólogo vale madres, además cobra. Es como una confesión pero sin sacerdote, porque las pláticas en mesa de cantina son más que eso, son sagradas, mis penas y las ajenas, deben de quedar ahí sepultadas, bajo esa mesa de 80 x 80 que se convierte en una verdadera caja de pandora, que guarda tantas confesiones, charlas de política, religión, discusiones y hasta pensamientos ocultos de borrachos solitarios, o de uno que otro mampo frustrado, cosa que realmente ni el archivo de la nación podría guardar tanta información.

Una mesa de canitna es un verdadero confesionario, veraderamente es algo más, donde las pláticas fluyen sin presión, donde las penas se cuentan sin temor, donde las alegrías se vuelven más emotivas, donde la plática se vuelve intensa, donde los términos de hermano, compadre, amigo adquieren un valor altamente espiritual y ¿dónde fue eso? pues ahí en ese lugar especial, en una mesa de cantina.

El Big Brother del Bar

 

Bebedor solitario/Foto: Pontxo Hierbas.-

Bebedor solitario/Foto: Pontxo Hierbas.-