Ana Castro//Pachuca,Hgo.- Cuando intenté empezar a escribir sobre el “conflicto” que me dejó High Rise tardé como 15 minutos para poder conectar mis ideas.

High Rise es de esas películas difíciles de digerir, pero que siempre son necesarias para el acervo cinematográfico mental de aquellos que somos gustosos del cine. Adaptación de una obra literaria del mismo nombre, de J.G. Ballard, obra que no he tenido el placer de devorar, pero que anexaré a mi lista luego de haber observado semejante caos visual.

La línea narrativa de Ben Wheatley aquí,  hace que no sea una película fácil de seguir, mucho menos de ver, es la representación gráfica del caos en esta microsociedad (hablo del edificio donde se desarrolla la trama) y esa constante lucha de clases sociales, donde “los reyes” (los apartamentos en la parte superior) jamás deben mezclarse con “la prole” (los apartamentos en la parte inferior). Unos envidian a los otros, unos desean a los otros, incluso desean ser ellos. Los de más abajo se quejan y los de arriba no quieren ni oírlos.

El mayor problema viene cuando el exceso de imágenes delirantes y oníricas en un montaje que únicamente evoca lo apocalíptico, hacen que a momentos supliques ¡que ya termine por favor!

Quizá el no conocer en gran medida la obra de Ballard y el no estar familiarizado con su ciencia ficción a corto plazo, de construcciones arquitectónicas, sociales y  mentales, contribuye un poco a pedir piedad mientras la ves.

La escena donde Laing se queda dentro del elevador del penthouse de Royal, cargada del efecto caleidoscopio que le da tantos espejos dentro; la geometría y simetría haciéndose presente que te remonta por momentos al estilo de Kubrick, es una de las escenas que más llama la atención.

Del festín a la violencia, la anarquía en potencia, el agente de cambio, y la creación de nuevos modelos sociales es el resumen perfecto del “Rascacielos”.

Si crees que existe alguien más cínico que Mario Bezares recogiendo su bolsita de cocaína, espera a conocer a Wilder, quien termina hasta las manitas con tremendo pasón del polvito mágico blanco, que se dio.

La banda sonora es muy buena, perfecta para cada escena y momento de la película. La secuencia con el cover de S.O.S. de Portishead es épica; ese momento en el que van cerrando la toma sobre un Hiddleston abatido, recostado en la cama con un “what are you doing in there?” a modo de susurro; un Royal tirado en el piso como si pidiese misericordia; mujeres saqueadoras en los oscuros pasillos y un Evans ingiriendo alimento para perro luego de su gran acto final, se vuelve el detonante de un cierre majestuoso.

Y si crees que no podía haber algo más estrafalario debes aguardar por la escena final, esa que hará que te cuestiones, qué le estamos enseñando a los niños, qué le estamos dejando a las nuevas generaciones. Presta atención a la secuencia que yo llamo “El futuro a través del caleidoscopio”, en un encuadre donde lo único que puedes observar es cuchillo aquí, cuchillo allá, cuchillo por todas partes, sobre una vista múltiple simétrica lograrás fijar tu vista en el rise del nuevo King, escuchando un discurso sobre capitalismo y sustituyendo tabaco por burbujas.

“Fracasar para repuntar”, es la frase de la síntesis visual de la obra magistral de Ballard que hizo Wheatley, que no muestra más que, para vivir en una sociedad como en la que hoy nos desarrollamos se requiere un tipo de comportamiento especial, donde lo que ahí permea es la conformidad, con un toque de prudencia y un tanto más de locura, lo que me hace pensar ¿era acaso Ballard una especie de adivino, o cómo es que plasmó en el pasado, algo que pasa en el futuro?

Si lo piensan a detalle, lo correcto sería tal vez, vernos a todos como iguales, no importa si eres rico o pobre, negro o blanco, migrante o residente; lo correcto sería tal vez, recordar esa parte de humanidad y amor inmersa en nuestro interior que nos conecta a todos.

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