Gabriel Velázquez ‘El Liróforo’.-

Y esta muñeca es mi favorita, me la regaló el tío Roberto ahora que vino de Estados Unidos, puede hablar y comer y hacer muchas cosas. Ya te dijo mi mamá muchas veces que no debes de fumar abuelito. ¿Cómo que no importa? No, no, lo voy a apagar, además los niños no deben estar donde los adultos fuman, es malo para sus pulmones. No, ni un poquito, además si viene mi mamá nos va a regañar a los dos.

−¿Mercedes, qué haces sola hijita?

−Estoy hablando con mi abuelito.

−No princesa, tu abuelito hace un año que nos dejó ¿lo recuerdas?

−Sí mamá, pero aquí está mi abuelito, míralo, ahí agarrando su cigarro.

−No nena, eso no es cierto, ven vamos a lavarte los dientes y a acostarte que no es hora de estar despierta.

−El abuelo dice que no seas así, que cuando eras niña tú siempre esperabas en aquel sillón a que llegara la abuela ¿te acuerdas? Dice que no importa que este año le hayas puesto tan poquitas flores porque todavía se acuerda de cómo llegar, pero que no te olvides de servir su tequilita y que te tomes uno con él.

No pudo contener las lágrimas, al recordar la emoción con que rociaba de flores amarillas el camino que hacía cada año desde la puerta de la calle hasta el altar que su papá le ayudaba a llenar con frutas y comida, las reuniones por las tardes que pasaba con sus tías haciendo papel picado para que los muertos que los iban a visitar estuvieran muy contentos.

Se sentó junto a su hija menor, destapando la pequeña botella de tequila que había dejado frente a la fotografía de su padre, mientras llenaba una pequeña copa que dejó en la mesa y sirvió otra que sostuvo en su mano.
−Salud −dijo−.

−El abuelo dice que se toma despacio, sino se te va a subir rápido.

−Cuéntame, qué más dice el abuelo –le dijo con una voz que apenas pudo disimular la emoción que sentía.

−Que ya casi es hora de irse, pero que el otro año va a venir puntualito para que puedan brindar. Que también va a traer a la abuela para que la conozca y que no nos olvidemos de ellos. Ah también dice que te quiere mucho.

A lo lejos, las campanas de la iglesia empezaron a sonar, un aire gélido entró por la puerta abierta apagando las luces de las veladoras. Abrazó a su hija y con un beso la llevó a tomar los dulces del altar para irse a la cama.

Foto:Pontxo Hierbas/Divergente.info

Foto:Pontxo Hierbas/Divergente.info