Valeria Crivello/Argentina/Foto: Especial/ Divergente.info.- Cuántos misterios, cuántas historias esconde la noche. Tan bien las oculta que no se ven ni con la luz del sol.
Córdoba es una ciudad como muchas otras de mi Argentina, castigada por las diferencias sociales. Están los que tienen mucho y los que no tienen nada, ni siquiera se tienen a sí mismos. Entre ellos, los dueños de nada, también hay diferencias, imperceptibles a los ojos de cualquier burgués, dolorosas como una espina debajo de la uña. Explotadores y explotados. Los que quieren pero no pueden y los que pueden  y no loes importa. Los que saben y lo usan. Los que aprenden y abusan.
Aquella noche salí a buscar… no sé qué, quizás un sueño, un amor, una historia, algo (o alguien) que le diera color a mi piel. Encontré realidad.
9 de julio, Avellaneda, por Colón hasta Cañada. A mi izquierda la laboriosa condena de quienes reniegan de su sexo. A mi derecha el camino ya conocido de la noche cordobesa, el de los matices más banales, el de las realidades más perversas.
Opté por este y me eché a andar, mientras mi aliento iba abriendo un canal en la helada.
Todavía no sé cómo, pero terminé en el Paseo de las Pulgas, desolado, inmenso, lúgubre. Parecía mentira que horas antes haya tenido tanta vida. Rincón de artesanos, República Bohemia.
De saberlo lo habría evitado, pero ya estaba allí y ellos también, frente a mí. ¿Cinco, diez? ¿Cuál es la diferencia? Si uno solo ya duele. ¿Ocho, diez, doce años? ¿A quién le importa? Su inocencia está perdida.
Me senté en el pilar de la cañada y seguí su juego. Parados en círculo, en silencio, como apagados. La “bolsita” pasaba de mano en mano, como pasa el mate entre amigos, como pasa un cheque entre empresarios. Uno de ellos me miró con la nada en sus pupilas. Quizás en ese momento fui un pino en el corazón de la luna, la capitana del comando estelar o simplemente una sombra más en tanta oscuridad.
Los vi correr por un campo verde. Los vi volar, los vi sin hambre. Los vi sin sueño… sin sueños. Los vi ser adultos y niños otra vez. Los vi manejar su convertible. Los vi ser capitanes de un acorazado surcando inmensos mares de jabón. Los vi correr detrás de una estrella fugaz y pretender agarrarla como si fuera una mariposa novata. Los vi juntar del piso sus baldes y sus secadores… los vi perderse en medio de la noche.
Me quedé sola con mi desazón. Con los pies en la vereda y la cabeza en algún semáforo, volví a casa. A falta de aliento cálido, fue el humo de un cigarrillo el que abrió surcos en la helada. Volví con el corazón calado… ¿cinco, diez agujeros? ¿A quién le importa? Si uno solo ya duele.