Hace algunos años, luego de terminar un especial para el 2 de octubre y la masacre de Tlatelolco en el programa de radio que teníamos junto al Chokorock, recibimos la llamada de alguien que nos ofreció contarnos su experiencia vivida ese sangriento día de 1968. Aquí está el relato íntegro. (Pontxo Hierbas)

Eduardo de Jesús Paz Agustín//Cortesía

¿Has escuchado las notas alegres de las fanfarrias olímpicas alguna vez?

… Puedo decir que son tan alegres y contagiosas como las risas cristalinas de los jóvenes llenos de alegrías, cargados de ilusiones y sobre todo de inquietudes e ideales.

Jóvenes de orígenes y condiciones tan diversas como puntos puede tener nuestra inmensa nación; pero tan semejantes entre así como las arenas de las playas de nuestros litorales: todos los jóvenes en los que ahora pienso, son de los que vivieron a finales de los años 60’s, casi todos idealistas, tanto habían idealizado, que en algún momento pensaron en cambiar no al mundo, pero sí a su patria… y lo único que lograron cambiar en un momento, fue su condición humana.

… Los cambios que deseaban en esos momentos, solo se han logrado en parte con el paso del tiempo, ya que hoy nos podemos agrupar para exigir nuestros derechos; las calles son actualmente nuestros campos de batalla donde hemos defendido nuestra pretendida democracia, puesto que algunas de las estructuras de gobierno están empezando a escuchar con respeto las demandas de nuestro pueblo, el cual siempre ha estado representado por los campesinos, obreros, maestros, estudiantes, amas de casa, médicos, ferrocarrileros, y por otras tantas organizaciones de mexicanos.

Los jóvenes cambiaron en un corto tiempo, ya que de respetuosos, se volvieron irreverentes, de callados llegaron a exigir y gritar sus demandas, de sumisos se tornaron en rebeldes, de confiados se volvieron maliciosos… de jóvenes se convirtieron en adultos; porque a su respeto y a su voz, les mostraron indiferencia; a su presencia, les enfrentaron con fuerza; a su razón, les respondieron con necedades y mentiras; a sus demandas de Justicia… las callaron con las armas; y sus cuerpos… muchos fueron metidos en lugares oscuros encerrados con rejas y otros cubiertos con frías losas.

Se podrá decir que estos jóvenes envejecieron en un corto tiempo al pasar del verano al otoño de un año aciago… llegando a ser adultos sin proponérselos; será que los jóvenes de esa época sin pensarlo, hoy están tan vigentes puesto que siguen dando cambios, ¡hasta donde nunca se lo imaginaron!; ¿será que nuestro México hoy es otro México?

… puedo decir que después de esa tarde del otoño del 68, esas luces que representaban cada uno de los jóvenes que iluminaban la plaza de las Tres Culturas y que poco a poco se fueron apagando al anochecer, eran para encender nuevas luces y esperanzas que deben de iluminar a nuestra patria en un nuevo amanecer…

La unidad habitacional de Tlatelolco está ubicada al norte del Distrito Federal (“en pleno corazón de la metrópoli”, según el promocional de ventas de los departamentos que tenían en su momento) y delimitada por las avenidas siguientes:

Al norte: avenida Manuel González.
Al sur: avenida de Nonoalco.
Al oriente: Paseo de Reforma Norte.
Al poniente: avenida de los Insurgentes.

Atraviesan a la unidad habitacional de sur a norte las avenidas: Guerrero, Lerdo y San Juan de Letrán Norte.

 

Con el paso del tiempo se ganan experiencias, según dicen los viejos y hoy no es la excepción, ya que antes de ir a la manifestación de la Plaza de las Tres culturas hice un recorrido por los alrededores de la unidad habitacional de Tlatelolco (“para medirle el agua a los frijoles”), ya que he notado un movimiento inusitado de granaderos y policías dentro de la colonia Guerrero, la cual es aledaña a la unidad habitacional. Desde que salí de la casa (Soto 273, colonia Guerrero), caminé por la calle de Lerdo (una de las tantas calles de la colonia) para llegar a la avenida Nonoalco, he visto policías y granaderos por todos lados, algunos dormitando dentro de los camiones que tienen para su transporte; son muchos que de tanto verlos a diario desde julio que inició el movimiento de la huelga, ya forman parte del paisaje citadino. Seguí caminando hasta llegar al crucero de Nonoalco con Reforma en la glorieta de Cuitláhuac, más policías y granaderos, muchos a pie, y otros tantos dentro de los camiones. Continué por Reforma hasta llegar a Manuel González, doblé en la esquina y seguí caminando, observé más policías y granaderos; al llegar a San Juan de Letrán norte (hoy eje central norte), más policías y granaderos.

Todas estas calles rodean parte de la unidad habitacional… granaderos y más policías, llegué frente a la Vocacional 7 (hoy clínica del IMSS) y ahí continuaban acuartelados muchos más granaderos, al verlos me da rabia; perdón, corrijo, me da coraje, porque rabia es la que ellos tienen y tenían cuando junto con los soldados tomaron las instalaciones de Ciudad Universitaria el 18 de septiembre, (de la cual escapé en la madrugada y llegué a la Vocacional 7).

Recuerdo que un día después el 19, cuando todos ellos parecían una jauría de perros rabiosos, desalojaron la Vocacional 7 bajo una lluvia de bombas de gases lacrimógenos, golpes con diversos objetos como las culatas de sus armas, macanas, gritos, mentadas de madre y otras palabras, para llevarnos detenidos: unos a la central de granaderos y a otros no sé a qué tantos lugares, puesto que en esos momentos todas las delegaciones de policía estaban llenas. Después de ser interrogados con métodos “avanzados” consistentes en golpes de todos tipos y zambullidas en cloacas nauseabundas, fuimos clasificados, fichados y reubicados a la estación central de policía, otros al Palacio de Lecumberri (cárcel construida en la etapa del porfiriato) y algunos más a lugares desconocidos hasta hoy.

Finalmente cuando llegué a la Plaza de las Tres Culturas como a las cuatro de la tarde, (hora acordada para realizar el mitin a las 17:30 horas, desde el lugar que me ubiqué se alcanzaba a ver el puente que está como paso a desnivel sobre la avenida San Juan de Letrán y es uno de los accesos de la plaza), vi como se iban llenando todos los espacios con los contingentes que fueron llegando por cada uno de los accesos: por el edificio Chihuahua, atrás de la iglesia de Santiago, por los pasillos del edificio de Relaciones Exteriores, por el acceso a la Vocacional 7, por todos lados brotaban más y más compañeros; en todos los rostros había alegría al ver la magnitud de la concentración en un momento inesperado me encontré con el “paisa” (de Tapachula, Chiapas) quien me dijo que en la mañana acababa de “salir” de la jefatura de policía, pues nos agarraron el 19 en la madrugada en la toma de la Vocacional 7; él está feliz y con más ganas de seguirle en el movimiento.

El equipo de sonido y los miembros del Consejo Nacional de Huelga (CNH), están en el balcón del tercer piso del edificio Chihuahua de la unidad Tlatelolco, el lugar acostumbrado desde siempre, (puesto que es un estrado natural al frente de la plaza); siento en estos momentos una gran emoción de estar aquí y al escuchar los nombres de cada una de las organizaciones que se unen al movimiento y a nosotros. Es un mitin como cualquiera de los muchos que se han realizado hasta hoy, la dinámica que se realiza es dar información, hacer un análisis de lo logrado, proponer directivas y recibir orientaciones del Consejo Nacional de Huelga.

En la plaza se escuchaba una gran algarabía compuesta por las risas, chiflidos, porras, aplausos, gritos… en la tribuna que estaba repleta de tantos compañeros, donde los representantes de las diferentes organizaciones solicitaban hacer uso de la palabra, esto no era posible por la gran cantidad de demandantes, solamente se leían mensajes, cartas, telegramas y saludos de adhesión… ¡cada vez somos más!, decía quien hacía uso de la palabra; en esos momentos llegan serpenteando y abriéndose paso grupos de obreros; los ferrocarrileros con sus gorras y paliacates rojos al cuello llaman la atención, los de la Comisión de Luz y Fuerza, tan combativos como siempre; campesinos de a Confederación Campesina Independiente, clandestinos en esos tiempos; locatarios, madres de familia; pero lo que si me hizo chillar de la emoción, fue ver llegar a un señor con sus niños y su pancarta en la que decía que “sus hijos y él nos daban su apoyo”.

¡Y los granaderos y soldados, en donde estaban en esos momentos?, los de uniformes y visibles, se localizaban en las azoteas y dentro de los edificios de Relaciones Exteriores, Vocacional 7 y otros más que rodeaban la plaza de las Tres Culturas, pero una buena parte de ellos sin uniforme, como “paisanos” como se dice en el argot policiaco, estaban mezclados entre nosotros; a lo largo del movimiento “aprendí a identificarlos y a olerlos”, se veía que eran demasiados, en esta ocasión todos ellos se identificarían más tarde con un pañuelo o algo blanco enrollado en la mano izquierda.

Éramos tantos los que llegamos al mitin, que la plaza estaba llena de lado a lado, desde donde están las asta banderas hasta la iglesia de Santiago; del Chihuahua hasta las ruinas; tantos que pensé que los helicópteros que volaban sobre nosotros era por algún motivo especial… y sí, fue especial, porque cuando estábamos en lo mejor del mitin, en ese momento, los helicópteros lanzaron luces de bengala, muchos se sorprendieron o distrajeron sin ver lo que pasaba en el balcón del Chihuahua, en ese momento aparecieron muchos individuos enguantados que sacaron sus pistolas y dispararon en todas direcciones sobre quienes estaban ahí: mujeres, estudiantes, maestros… en ese momento yo estaba casi en el centro de la plaza, frente al Chihuahua, cuando desde atrás por el puente de San Juan de Letrán, salió una ola verde olivo disparando hacia donde estábamos nosotros y en todas direcciones, los soldados avanzaban como en las películas, con las bayonetas caladas, agachados; caminaban unos cuantos metros y luego se parapetaban detrás de las ruinas, desde ahí disparaban hacia el edificio Chihuahua y sobre la masa humana que huía despavorida, sin encontrar una salida…

Me asombró oír el tableteo de una ametralladora; un grupo de compañeros de plano alzaron las manos para entregarse… pero hubo una descarga brutal contra ellos, otros compañeros que presenciaron esto dieron gritos de terror… en mi loca huida, caí o tropecé de manera providencial, en ese momento, sobre mi cayeron otros cuerpos de los que no me di cuenta quienes eran, cómo estaban;… casi encima de nosotros colocaron una ametralladora montada en su tripié… más tarde escuchamos que alguien que estaba cerca de nosotros se quejaba de tener adormecido el cuerpo y dijo que quería incorporarse, todos como estábamos con la cara hundida en el suelo gritamos que no lo hiciera… solo escuchamos un estruendo cercano y ningún quejido más…

…¡¿Increíble, nuestros defensores de la Patria?!… disparando sobre nosotros… El fuego o balacera sobre el edificio Chihuahua alcanzó tal magnitud que cerca de las 19 horas, comenzó a incendiarse gran parte del edificio, durante largo tiempo se prolongó el siniestro, las llamas alcanzaron del piso 10 al 13… desde donde quedé tirado o caído en la plaza, a un costado de la iglesia de Santiago Tlatelolco, vi cuando llegaron los tanques y tomaron la plaza de las Tres Culturas, bloquearon todas las entradas, para entonces la llovizna que nos caía y que no había percibido se convirtió en chubasco, cuando apareció el agua pensé, “ya no vamos a oír la balacera”, pero ésta continuó en medio del ruido de la lluvia… con el avance de la noche empezó a hacer frío, dentro de los múltiples estallidos de balas, se escuchó un disparo anormal demasiado fuerte… dos palabras lo dijeron todo: ¡una tanqueta!… ésta se ubicó al centro de la plaza, girando y apuntando en todas direcciones, haciendo disparos al criterio de quienes estaban en su interior.

En esos momentos de locura se escuchaban los estruendos de las balas de pistolas, fusiles, ametralladoras y tanquetas a mitad de la plaza y en todos lados, haciendo de aquello una pesadilla dantesca, en donde el fuero era cruzado en el mayor de los casos; todo mundo corría buscando protección, en un espacio lleno de personas desprotegidas en la que en su loca carrera algunos podían avanzar, otros caían por alguna causa desconocida pero obvia a la vez… creo que fue un sueño o tal vez una pesadilla, que para algunos de nosotros, esto todavía empezaba y para otros marcaba su final.

Disparos aislados, gritos por doquier: ¡No levanten la cara cabrones!… ¡Quédense quietos en donde están: no se muevan! … en esos momentos se sentía el ir y venir de los soldados quienes buscaban mejores posiciones para seguir con su ataque… todo fue un momento, como un sueño, porque de tanto oír, no se escuchaba; de tanto ver, no se creía; pero fue solo un instante que se hizo interminable, con palabras, injurias, gritos, llantos, ruegos, blasfemias, oraciones; terror, sudor, lágrimas, sangre, lluvia, fuego, pólvora… muerte.

De esa masa multicolor de la que formábamos parte, según el plan macabro de alguna mente desequilibrada, fuimos rodeados o quizá cercados cuidadosamente, por círculos concéntricos, primero de gente sin uniforme, después por otros de color azul, los cuales fueron rotos por la punta de lanza de una marea de color verde olivo, para que la plaza de las Tres Culturas, que desde que fue proyectada, se pensó en hacerla de tezontle para darle al piso un color rojizo, pero que nunca se imaginó el Arquitecto Pani, su diseñador y constructor, que ese color sería más vivo, tan vivo como el rojo con que se tiñó esa tarde del otoño del 2 de octubre de 1968; ¡con el rojo de la sangre de todos los que ahí fueron masacrados arteramente!…

Más tarde en medio de una tensa y horrenda calma, por sobre nosotros pasaban los soldados gritándonos que no volteáramos  ni nos moviéramos, puesto que en ese momento realizaban la tarea de quitar los cuerpos inertes para irlos acomodando en otro lugar… posteriormente, nos permitieron incorporarnos y nos hicieron pasar a todos formando grupos, nos ordenaron poner nuestras manos atrás de la nuca y caminar hasta el frente de la iglesia, en ese momento un coronel pidió que los que trajeran paraguas los tiraran y los hombres nos quitáramos los cinturones y las cintas de los zapatos; ahí nos dejaron parados por mucho tiempo… por comentarios de algunos que llegaban, supimos que se hacían revisiones, aprehensiones y desalojos por la tropa en los departamentos de los diferentes edificios.

Como una película en retrospectiva; ya que el 16 de septiembre fui desde temprano a tratar de ganar un buen lugar para ver el desfile, en donde los defensores de la patria, con paso marcial pasaron luciendo sus armas resplandecientes, unos a pie, otros arriba de los diferentes vehículos de transporte militar, o dentro de los diferentes equipos de ataque para defender nuestra soberanía, en tanquetas y tantos otros vehículos más que no se como se llaman, pero que nunca imaginé verlos a todos ellos que nos atacaran, con la mayor alevosía y ventaja.

… se reinició nuevamente un segundo tiroteo, el cual duró hasta las 11 de la noche. A nosotros nos dejaron frente a la iglesia casi hasta las 3 de la mañana, algunos tirados en el piso y otros protegiéndose en las paredes de la iglesia; después de una nueva calma, nos condujeron al interior del antiguo convento que está a lado de la iglesia de Santiago Tlatelolco, allí nos amontonaron como animales, ahí nos quedamos hasta las 5 de la mañana (3 de octubre)… con la luz del día, quienes estaban junto a mí me revisaban y preguntaban si me sentía bien o estaba herido, puesto que mi camisa estaba llena de sangre de los que habían quedado sobre mi durante la balacera y me habían servido de escudo y protección… cuando nos sacaron a la parte trasera del convento me di cuenta que quedaba mucha gente detenida; a esa hora (7 de la mañana) la calle de Nonoalco estaba llena de tanques y vehículos militares llenos de soldados… muchos camiones de transporte urbano estaban llenos de muchachos cómodamente sentados, según la perspectiva que tenía en ese momento… pero cuando nos subieron vimos que el piso del camión estaba lleno con muchos más, quienes estaban sentados y apretujados unos con otros; al llegar a nuestro destino y bajarnos, no podíamos pararnos por lo adormecido de las piernas. En el camión que me tocó viajar, fuimos llevados a la penitenciaria de Santa Martha Acatitla al dormitorio 4; cuando estuvimos en el interior las mismas autoridades admitieron que éramos más de mil quienes habíamos llegado en esa ocasión… a las 6 de la tarde, agentes de la policía secreta, de seguridad y judiciales pasaron a las celdas a reconocernos, buscar a los dirigentes del CNH, tomarnos declaración, ficharnos y hacernos pruebas de parafina para verificar la cantidad de pólvora que teníamos en el cuerpo y acusarnos por haber disparado armas de fuego… ¡cómo no iba a estar lleno de pólvora, si sobre de mi cabeza pusieron una ametralladora… a partir de las 8 de la noche empezaron a llevarse a algunos al campo militar número 1… días después muchos fueron llevados a Lecumberri a la crujía H… los demás continuamos una larga espera en dicho lugar, la penitenciaría del D.F.

Un recuerdo, mil plegarias y esperanzas infinitas, por toda la sangre inocente derramada en la Plaza de las Tres Culturas, un hecho que en las páginas de nuestra historia no tiene nombre… ni espacio… solo una fecha: 2 de octubre de 1968.