“Los jueves, es día de visita en las prisiones… “la baica de los compas”, dicen los internos, es decir la visita de los amigos, esos compas que llegan a conversar y las palabra y las charlas que se intercambian a veces llegan a ser mejores que fumarse un cigarro justo en medio de la soledad que hay en la libertad y en el encierro”.

 

Remembranzas del Bar XX
Yorch Moon

Aún recuerdo el olor de aquellos zapatos de máxima elegancia que desprendía cuando los saqué de la casa. Sí: al fin había conseguido compran mis primeros tecatos punta de fierro; ahora sí – decía- a tumbar dientes y quebrar quijadas de un patadón machín. Junto a estos calcos, el atuendo completo y de regla pedía que no faltara el pantalón diky o livais originales color negro, una yeicipenei blanca con planchado de cuatro rayas, tirahuesos blanca abajo… Y listo, ahora sí a salirle al refuego.

Así bien “clin” andábamos levantando morritas mi compa el güerito punky y yo, por los lados del Parque Madero, y una vez mientras estábamos wachando unas plebes que pasaban por ahí, el güerito dijo en voz alta: ira, estas changuitas están bien, y una de las morritas se devuelve y le dice ¡changa tu puta madre wey! Y nosotros entre el asombro de que se haya molestado, en vez de haber capeado, soltamos unas curotas.

Yo me acoplaba con el Gúero punky porque era tiro y vale el levantón con las plebes. Él como estaba carita, difícilmente las morritas no se atoraban a platicar, y ya en eso de la platicada el güero era muy maje, así que de eso me encargaba yo, de verbearlas bien para que nos siguieran el rollo y cotorrearla machín. Como allí en corto del Parque Madero estaba el barrio del Mariachi y eran compas los morros de ese terreno, pues todo se prestaba, aunque hubo ocasiones como esa en las que las morras nos rechazaban.

La escala más deseada para ir a tirar rostro era el Bar XX, donde tocaba el grupo Interrogación. Se podía mocochanguear en la pista; había puras morritas del mismo calibre que uno, y desde que llegabas parecía como una reunión de exalumnos porque en la pura taquilla antes de entrar, te saludaban dos tres compas agerándote para que les acabalaras la entrada y era de regla contarle los antecedentes de los compas al acople: mira, aquél loco lo conocí en el primer torzón, cuando caí en la Victoria, está bien guasón. Aquél otro lo conocí en Cocorit, le gustan un chingo las píldoras. Este que saludé en la taquilla lo camareé en Sahuaripa y está bien bravo para los trompos, así que ponte al tiro porque me dijo que trai entrado a un wey y que ahorita se van a hacer los putazos… Y al que viene con él lo acompleto desde el comanchón.

Ya adentro, con la música a todo lo que daba, la pista llena de gente, las luces centellando y bien enfiestados, era un alucín escuchar las rolitas de los Apson y los Creedence. Bailarlas bien ensolvados, con la quebrada de levantar alguna de las morritas que ya estaban bien curadas también. Por supuesto que en medio de esa posible conquista estaba la posibilidad latente con un máximo de probabilidad, el hecho de que saliera una botella de cuartito voladora y te partiera media madre a mitad de la rola o aún más probable era que te descontaran a la brava nomás porque ya habían empezado los putazos.

La cosa más singular de este bar, era que al término del evento, en lo que era la salida del local siempre estaban las perreras abiertas de puerta en puerta, subiendo a aquel que saliendo les resultaba muy placosones a los gendarmes. Era algo así como una ruleta rusa de tu libertad, sólo que en este juego jugabas con todos los tiros montados.

Y dije que era singular, porque a pesar de todo lo que implicaba el ser detenido, como por ejemplo el recibir mínimo tres recias de parte de los de investigaciones, o que te quincearan, te dieran vuelta al quince si eras conocido y quince, vuelta y tatahuila si ya eras cliente conocido. Eran cuarenta y cinco días de permanencia involuntaria en un espacio de los más indigentes e infrahumano que había en esas fechas.

Después de esto tu atuendo “clin” se había hecho giras por la suciedad o lo habías vendido o intercambiado por cigarros o cualquier otra cosa que pusiera loco. Así que si no tumbabas a alguien con su ropa ahí salías como si fueras un indigente o hijo de las alcantarillas; pues aun así, has de saber que cada fin de semana era la misma asistencia y el mismo comité de despedida.

Hoy de ese espacio que ocupaba el local del XX sólo queda el terreno, y a uno le quedan las huellas de esas batallas vividas, pareciese que en su momento eran inacabables las morritas, las rolas, las noches y todo el refuego que nos tocó vivir en los finales de los años ochentas. Pero el inexorable paso del tiempo se manifiesta de forma imperativa y sin otorgar concesiones a nadie. Así que a uno sólo le queda el saberse bien rayado por haber vivido y agradecido, por haber sobrevivido esas experiencias tan intensas que, en su momento, debido a la osadía y presunción de la juventud representaban la los días más felices de la vida de uno aquí en la tierra… de HS.