Ana Castro//Divergente.info


“Estarás en el Hades ahogado en el olvido, tragando agua, borrando toda la memoria.  
Ocuparás tu lugar entre las hordas abarrotadas de microorganismos sin nombre”.

Si algo he de aplaudirle a Wim Wenders es la obra maestra que hizo en “La Sal de la Tierra”, donde, en definitiva, logró conjugar a la perfección: reflexión y su tendencia a justificar cada secuencia sin llegar a convertirse en una extravagancia, sino en un deleite visual; sin embargo con Submergence pasó todo lo contrario.

Dos extraños (una biomatemática y un ingeniero hidráulico) convergen en un “lugar de descanso”, donde la opulencia y la forma de vida burguesa europea se remarca y más adelante contrasta con la pobreza y dura vida somalí.

Una película en la que el alemán enmarca el mundo de los afectos, las palabras de amor, las miradas, el cliché del amor a primera vista, al tiempo que la cuestión bélica, la enajenación por tomar el camino correcto tal cual lo dicta el Islam; la idea de cómo funciona el terrorismo.

El cine ultra-narrativo de Wenders, busca mostrar a su espectador la clásica historia de amor y la eterna promesa del, “te esperaré por siempre”, haciendo una metáfora compartida sobre la muerte y la restauración del orden cósmico a través de la “inmersión” en la oscuridad.

En su intento por contrastar la aventura de Alicia Vikander vs la tragedia a la que se ve sometido James McAvoy tras su separación, el cineasta termina por hacerle honor al nombre de su película y sumergirla en el abismo.

Parece que el guión fue construido a modo de lograr en el espectador una especie de aversión por la historia, en su intento fallido de enmarcar la cuestión político-religosa del Islam y su práctica en el país africano.

Los puntos a su favor, sin duda: la construcción visual y los encuadres que transmiten esa sensación de bienestar al hacer emerger el amor a través del deseo, al igual que aquellas frases que resaltan el principio verdadero de la vida y que será el punto de partida de la investigación del personaje de Vikander.

Lo no tan bueno: condenarnos a una serie de secuencias que retratan una legión de yihadistas, torturadores, rodadas como si lo hubiesen hecho con flojera y solo por rellenar espacios para justificar la estancia del personaje de McAvoy como rehén.