Ana Castro//Divergente.info

“¿Si Freud viviera me pregunto qué diría al respecto?”

¿Qué pasa cuando mezclas a Hitchcock, De Palma y Cronenberg en un solo film? Surge un thriller erótico que raya en lo sórdido, mezclado con lo absurdo y la teoría de Freud sobre la represión del yo.

L’Amant double es esa especie de película por la que no darías un peso en taquillapero que sin duda se convertirá en una película de culto, y al igual que muchas otras, será reconocida con el paso de los años como uno de los films más emblemáticos del séptimo arte.

Excesiva, sobrecargada de trampas y a resumidas cuentas, una novela psicosexual, El Amante Doble es quizá la película menos exitosa de François Ozon, sin embargo una de las más virtuosas, no por el contenido visual, mucho menos por la cuestión auditiva, ni si quiera por la forma tan hitchcockiana de llevar la trama, sino por los puntos que toca el guión.

¿Cuántas veces nuestras emociones nos han jugado una mala pasada y han hecho que nuestro cuerpo enferme en múltiples maneras? Si bien el enfoque de Ozon en la narrativa no es ese, es inevitable no hacer una pausa y no pensar en los cientos de estudios y libros realizados que afirman que nuestros malestares en gran medida tienen que ver con nuestro estado emocional.

Y así da inicio El Amante Doble, con una Chloé cortando su cabello, intentando cortar la pesadez que su dolor de vientre le infunde en el resto del cuerpo y que merma en su estado mental y emocional. Una Chloé postrada en una camilla de hospital, con la toma fija a su vagina, de la que no emergen más que fluidos propios de su sexo y la idea de que nada, más que la terapia con un psiquiatría podrá curarla.

Retorcida y exagerada a momentos, la historia narra la relación que surge entre terapeuta-paciente, luego de que la protagonista dé rienda suelta a sus más oscuras perversiones tras entablar una relación sexual con el hermano gemelo de su novio, o exterapeuta.

Todo el film está lleno de espejismos, de dobles juegos, explorando así el deseo y la perversión, la seducción como un absurdo del amor propio, la no represión del yo para así satisfacer necesidades afectivas.

Enredijo tras enredijo, Ozon hace gran hincapié en múltiples reflejos y encuadres llenos de espejos –y gatos, ¿Qué rayos con los gatos?- que se vuelven importantes en una representación entre lo onírico y lo real, entre el ego y la contradicción, entre la duda y la proyección, y la fantasía de que un par de gemelos te folle sucio y fuerte.

Pero lo que entra por una vagina y sale por el ojo ha de concluir en una formación humanoide, que no es más que la evocación de la ley del más fuerte y sentido de supervivencia que desarrollamos desde el vientre materno.

Y entonces cuando esperabas otra historia sobre dos personas que se enamoran y que luego de un tiempo y del clásico, “algo me hace falta, siento un vacío emocional que ni con todo tu amor logro llenar”, uno termina por engañar al otro, te encuentras con una trama insana y agresivamente sexual, en cierto modo voyerista, que aglutina un trastorno sexual, la propia existencia y un puñado de huesos y carne.